Por: Indira Carpio 

Desafios.- Daniel de Jesús es tímido. Se sienta tercero en la fila de pupitres frente a la maestra Marisol. Tiene 9 años, y más hambre que ganas de ir al colegio.

Se lo ve con un cuenco de plástico tocar la puerta de sus vecinos, e incluso bajar al pueblo, a pedir comida. No habla mucho, solo muestra el envase y ese gesto dice por él.

Tiene un solo uniforme que su madre alcanza a lavar cuando les llega el agua y disponen de jabón. Vive en un rancho de tabla y zinc junto a su hermano menor, su progenitora y su padre. No tiene zapatos, se calza unas chanclas remendadas. Y aun así, va a la escuela.

La escuela de Daniel, Los Jabillitos, es rudimentaria, construida hace dieciocho años por un par de soñadores, que deseaban educar a los niños hijos de campesinos y obreros en una de las comunidades más empobrecidas de Charallave, estado Miranda.

Esta mañana, la directora de la escuela “regó” entre sus conocidos un mensaje con una foto de Daniel, sin la ropa y sin los zapatos de ir al colegio. Ella pide para él, unos calzados talla 34 ó 35. No es el primer mensaje de este tipo, ni es una situación exclusiva de Daniel de Jesús. Se ha convertido en método para blandir la solidaridad contra el monstruo multiforme de la crisis económica venezolana.

“Ese muchacho parece que en vez de pie, tiene cuchillos. Ninguno de los zapatos que le regalan, le dura”, se explica la directora. Pero los calzados que le donan son, generalmente, o más grandes o más chicos, de segunda mano y peor calidad. “La última vez, el consejo comunal reunió y le compró unos nuevos, pero de tela… y dos meses después Daniel no tenía zapatos, otra vez”.

Se trata de un niño en pleno desarrollo, cuya actividad principal consiste en caminar.

Desde hace un mes, su madre María Gómez de treinta años, forma parte de una cuadrilla de obreras que limpian el pueblo. Su papá, Carlos Guevara, albañil y también obrero, se hace cargo como puede de cuatro hijos más, de los cuales uno tiene una discapacidad. “Es un hombre diligente y alegre. No sé cómo mantiene la alegría”, explica la maestra. Carlos toca el cuatro y dibuja, pero nació pobre y las monedas le siguen siendo mezquinas. Daniel está grande y sabe hablar aunque no le guste. Puede resolverse.

¿Cómo hará una familia promedio, con ingresos de sueldo mínimo en Venezuela, para comprar útiles y uniformes escolares para la vuelta a clases, durante las vacaciones de 2018? Ni que ingresen cuatro, cinco, o seis salarios mínimos podrá comprar un uniforme de educación física, por ejemplo.

Y habiéndolo comprado, es casi imposible poder adquirir los cuadernos o los libros que usará el niño o la niña, durante su tránsito por el año escolar.

Eso sin contemplar la comida del mes, de la semana, del día, cuando se prefiera un pedazo de tela para vestir para la escuela. Es un dolor de cabeza lograr la merienda, el transporte, no digamos alguna medicina, o alimentación especial si la niña o el niño es alérgico a algunos alimentos. Todavía, nadie come cuadernos, en el más estricto sentido.

En Venezuela no hay control de precios. Hay productos que los aumentan una o dos veces al día. Un mismo pantalón puede tener un valor distinto en almacenes vecinos. Ha proliferado la venta de segunda mano. La infancia ha vuelto a la calle. La cantidad de niños que trabajan debe ir en ascenso, pero tampoco hay estadística oficial que estudie y subsane esta realidad, aunque las escenas nos tropiezan constantemente.

En 2015, el gobierno emitió la resolución 075, que elimina la obligatoriedad en el uso del uniforme escolar en Venezuela. Sin embargo, el problema no radica en el uso del uniforme en sí. Porque, dada la situación económica, ninguna familia promedio puede adquirir otra vestimenta.

Uno de los objetivos del uniforme escolar consiste en estandarizar la forma en la que unos y otros asisten a la escuela, sin aparente diferencia de clases.

Asimismo, la resolución 083 pretende regular la solicitud de útiles escolares de las instituciones a las familias. Pero otra vez, no se trata de las hojas dónde aprenderá a escribir Daniel, sino y también de la comida, el transporte, la oportunidad de poder vivir del trabajo de sus padres, y crecer sana y tranquilamente.

La igualdad no consiste en vestir del mismo color y poder aprender la o por lo redondo al unísono, sino propiciar las condiciones para que una cosa y otra no excluyan la idea de vivir dignamente, que los niños no tengan que escoger entre ir a la escuela o comer, ir a la escuela o trabajar para comer, ir a la escuela o salir a pedir comida.

En la escuela de Daniel de Jesús, docentes, padres y representantes organizan vendimias, bingos, rifas, bazares para sortear las necesidades de infraestructura; el propio conuco de la institución también provee a los niños, porque el programa de alimentación escolar falla; las maestras establecen redes de solidaridad para conseguir ropa y calzado para sus alumnos, también útiles escolares; tienen sobre los hombros la titánica tarea de no desertar.

Parece una postal de comienzos de siglo XX, con más pantalla y menos manos.

Daniel de Jesús necesita zapatos, la educación en Venezuela caminar.

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Para donaciones: (0426) 515.72.48 / siempremarilali1567@gmail.com

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