Por: Jessica Dos Santos

Si mis tristezas te causan alegrías es porque tus reglas son distintas a las mías.
Calle 13

Yo, la mayoría de las veces, intento no comparar ni generalizar. Lo primero, probablemente se deba al montón de años que pasé siendo contrastada con mi hermano mayor. Lo segundo, quizás radique en mi rechazo particular a creer que todo es “blanco” o “negro” ¡estando el mundo tan lleno de colores! De hecho, pocas frases me resultan tan odiosas como: “todos los hombres son iguales”, aun por encima de mis malas experiencias.

El hecho es que esta especie de “filosofía de vida” aplica con mucha más fuerza para el ámbito político. Yo no creo que todos los opositores y/o chavistas sean “buenos” o “malos”, así, como un solo bloque homogéneo. Tampoco considero que todos los opositores y/o chavistas piensan igual que sus líderes o intentos de líderes. De hecho, creo que hoy, y más allá de lo netamente electoral, alguien puede estar en desacuerdo con Maduro e igual seguir siendo chavista; no concordar con Capriles, pero ser opositor; definirse “ni-ni” y asumirse político.

A ver, muchos católicos no están de acuerdo con el accionar de la alta jerarquía eclesiástica, con las normativas de esta estructura. De hecho, usan preservativos, tienen sexo sin contraer nupcias, etc., pero siguen siéndolo, y creen en Dios más allá de sus supuestos representantes en la tierra, ¿sí o no?

Bueno, mi creencia se fundamenta en algo similar. Por ejemplo, yo me enamoré de un hombre abiertamente chavista y hasta hoy no he conocido a nadie menos corrupto y/o corruptible que él. Mi madre, profundamente opositora, es de las mujeres, sin dudarlo ni un segundo, que más ovarios le ha echado a la vida. Mi padre, militante de las filas del “quien no trabaja no come”, es el ser más noble que existe. Entonces, se caen los mitos más propagados: ni todos los chavistas son “choros”, ni todos los opositores son “oligarcas”, ni los “ni-ni” son unos “cómodos”.

Ahora, supongamos que todos estos ejemplos están empañados de un sinfín de subjetividades producto del amor y, por ende, no son válidos, entonces, vayamos a otros, más alejados. Todos los que hemos trabajado, tanto en la administración pública como en la privada, también sabemos que de lado y lado hay de todo: gente trabajadora, floja, honesta, ladrona, noble, coño e madre; y pare usted de contar, sin importar la tendencia política que profesen.

Sin embargo, algunos insisten en meterlo todo en el mismo saco. Entonces, si el impresentable de Pedro Carreño sale diciendo dos pendejadas por VTV (¡como siempre!), pues todos los chavistas son pendejos. Si Julio Borges comenta que la emigración venezolana está ligada al crimen organizado, pues todos los opositores en el exterior son malandros.

¿En serio? ¿Qué tipo de “lógica” es esa? O sea que todos los que votaron por Carlos Andrés Perez ¿estuvieron de acuerdo con el “paquetazo”?, o yo tengo derecho a preguntarle a usted, católico: “Mira, ¿Cuándo te van a meter preso por los niños que han sido violados por curas pederastas? ¿No irás preso? Pero, ¿cómo? ¿Por qué? Si tú te bautizaste, comunión, confirmación, y hasta boda. ¿Entonces?”.

La ceguera mental al respecto es tan pero tan arrecha que algunos reniegan de todo aquello que les rodea con tal de proseguir con sus absurdos señalamientos, ya sea de forma directa (gente que, por ejemplo, oculta que alguien de su familia es chavista/opositor para que no vayan a creer que él es tal o cual cosa) o indirecta (con esas típicas frases “la caraja es chavista, pero es inteligente”, “el bicho es opositor, pero es pana”). Fíjense, hace un par de días, una excompañera de estudio escribió un texto enorme para explicar que “todos los GNB eran unos malditos”, pero su primo-hermano era GNB y era el carajo más de pinga del mundo. ¿Su primo-hermano será el único militar buena vaina del país?, o ¿todos los que marchan son “terroristas”?

Toda esta reflexión viene a colación por un hecho aparentemente tonto, pero totalmente demoledor. Desde hace varias semanas, cuando el clima político se enardeció, una vez más empecé a recibir, por distintas vías, un sinfín de mensajes de panas, amigos, personas que alguna vez llegaron a ser muy cercanas a mí, aunque desde hace años no sepamos ni siquiera si somos o no los mismos, qué hicimos o hacemos, cómo pensamos, por qué, etc., calificándome de un sinfín de cosas: ignorante, enchufada, ladrona, zorra, etc., etc. Aunque, ante mi evidente austeridad, algunos cambiaron el discurso a: “¿Tú no blablabla? Agarra tu nevera vacía”, “¿Qué paso?, ¿no te llegaron los reales de Goldman Sachs?”.

Quizás en el fondo les moleste recordar mis buenas calificaciones, que egresé con honores de la casa de estudios que todos hemos idolatrado alguna vez, que en alguna oportunidad les llegaron a gustar mis escritos, que saben que me parto el culo trabajando, que sigo en Venezuela, que soy, con una que otra variación, la misma mujer que alguna vez los escuchó, los ayudó, los acompañó en las lágrimas, en la risa, en el baile, en lo bueno, en lo malo. Tal vez por eso se nieguen a echar una conversa, a beberse un café, a saber en qué andamos más allá de las redes sociales, a descubrir que ni yo pienso como Pedro Carreño ni ellos son como Julio Borges.

Este hecho me recordó a un viejo y casi involuntario experimento. Hace un par de años, cuando yo me encontraba haciendo mi tesis, hurgué en un sinfín de libros del edificio rojo de la UCV, en uno de ellos hallé una cita impactante sobre el papel de la mujer en la sociedad. Enseguida la copié en mi muro de Facebook, entre comillas, pero sin colocar iniciales o identificación alguna. En cuestión de minutos el mensaje recibió un sinfín de “me gusta”, de cualquier cantidad de gente, muy diversa, hasta que alguien preguntó, “¿de quién es la cita?”, y yo tecleé: “Fidel Castro”. ¡Plop!

¿El odio es hacia el pensamiento o hacia el autor? ¿De verdad creen que tiene sentido pelearse para defender a unos u otros personeros del chavismo y/o de la oposición? ¿Realmente creen que alguien se hizo chavista por Cilia Flores?, o ¿alguno milita en las filas de la oposición por Lilian Tintori? ¿Por qué no volvemos entonces al terreno de las ideas?

No hay ganas. Y para defender sus ráfagas infundadas alegan que “verdugo no pide clemencia”, aunque una jamás haya maltratado, torturado o ejecutado a nadie, y entonces, sin darse cuenta, pasan a certificar que sienten rabia contra quien no les ha hecho nada, o al menos, nada malo. Pero, además, le dan fuerza a la teoría, cierta o no, de que existen quienes, aun habiendo hablado de reconciliación, desean una cacería de brujas al mejor estilo de Joseph McCarthy, como si nos encontrásemos aún en 1950.

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