Por: Indira Carpio Olivo

Desafios.com.ve.- Amaloha, llegada la seis de la tarde asoma en la puerta, y escudriña en el vientre caliente del ocaso tuyero, partículas de su madre. La última vez que la vio era borrón de sangre. Todavía no sabía (y no sabe) distinguir realidad de sueño, la noche de la piel de mamá. Pero intuye que algo malo le pasó a Mayell. Y que eso malo tiene que ver con los hombres. Ha dejado de dormir la siesta con su abuelito José, y la vez que viera a su padre, cinco días después de aquello, no quiso que se le acercara.

Amaloha, cumplió dos años el 6 de junio. Mayell, le hizo una torta de chocolate, la mejor en sus manos. Su mamá era bruja de saber mezclar huevos, azúcar y grasa intuitivamente, al contrario de lo que recomiendan los reposteros de medidas y cuadrados.

¿Dónde esta Mayell? ¿Por qué no llega? Sus tías y sus primas, las de Amaloha, le han dicho que está en el cielo y los crepúsculos de los últimos días sonríen a la niña. Era como si Mayell lo hubiese previsto: hasta una de las sobrinas más pequeñas es madrina de agua de Amaloha. Se las encomendó a todas y a todos. Y todas y todos han hecho muralla alrededor de la niña.

No había informe forense sobre Mayell a veintidós días de que su ex pareja y presunto femicida, William Enrique Infante Borges (de 35 años), le quitara la vida. Veinticuatro días después, el Ministerio Público tras una intensa campaña de su familia y diversos colectivos feministas, solicitaría orden de aprehensión al Tribunal Primero de Control de los Valles del Tuy, y en menos de veinticuatro horas capturarían a Infante. El padre de Amaloha se declararía “culpable”.

A esa misma burocracia judicial, que liberara a su homicida después de haberlo apresado tras matarla, había acudido Mayell en dos oportunidades para denunciarlo por violencia psicológica y física, por lo que su homicidio califica como feminicidio agravado, es decir su muerte pudo ser evitada por los organismos de seguridad del Estado y, en cambio, su desprotección redundó en tragedia. El Estado también es responsable de que no estemos todas y falte Mayell.

Ahora, Amaloha duerme con su abuela, a quien llama “mamá”. Sus manitas escarban entre los botones de la bata de Inés, como hiciera cuando se acostara con “Ayell”. La abuela de 69 años, por su parte, no ha podido descansar. Sus ojos contienen más agua que el Río Tuy.

Hay niñas que deciden dejar la teta por sí mismas. Toda madre que desteta sabe que esa ruptura representa el primer despecho. Las mamás podemos ponerle nombre. Pero, ¿qué nombre le puede poner una niña que aprende sus primeras palabras y le arrancan con sangre su primer pacto extrauterino con el amor?

Amaloha todavía tomaba teta de Mayell la noche en que su padre la despechó, y aunque todavía no sabemos si ella presenció aquello, las primeras semanas despertaba llorando durante la madrugada. Está bajo la observación de especialistas en psicología infantil, lo mismo que se encamina el proceso legal para que algún familiar se haga cargo de su custodia.

En Amaloha se resume la historia de la violencia patriarcal. Sus ojos sobreviven, o para que perpetúe el miedo, o para que el adiós de Mayell, su madre, no vuelva a ocurrir nunca más. Pero de esto último no se halla consumación.

William Infante, llamó a casa de los padres de Mayell durante todos los días de la primera semana, después de que la madrugada del 3 de septiembre entrara al anexo donde vivía la bailarina con Amaloha, y la matara. Quería saber “cómo estaba Mayell”.

Él mantenía una relación de tipo laboral con la madre de su hija. Ambos trabajaban en el ramo de la repostería y hacían planes de montar un kiosko, para vender sus productos. Pero hacía rato, Mayell no quería otro tipo de vínculo. Se había transformado en una mujer empoderada, organizaba su vida y encauzaba su dulzura.

William, no era especialmente amoroso con Amaloha. Su relación era más logística: muy pocas veces se encargaba de medicinas y comida. Era Mayell quien movía los hilos de la máquina que hacía posible la vida de la niña. Y era Mayell el objetivo del hombre. Sí, es extraño, por el patrón de conducta con el que actúan los femicidas, que William dejara vivir a Amaloha. Pero Amaloha vive, a pesar de William.

En el diario de Mayell, Amaloha brilla, William encapota. Carmen Consuelo (Consuelo, como el segundo nombre de Chelito), su abuela de 85 años, es objeto de risas y complicidades.

Mientras hablamos por teléfono, Amaloha pide a su tía Mayeli (la hermana gemela de Mayela) que la deje escuchar Bailar conmigo, de Monsieur periné. Era un himno entre madre e hija. Mayell, tomaba de las manos a la niña y urdía al mundo, en el eco de la guitarra bossa nova.

Mayell bailó desde los siete años. Y, después de obtener cinco cupos en universidades públicas, se decantó por hacerse profesional de la danza contemporánea, en la Universidad de la Artes -Uneartes-. Toda aquel que la conoció la sitúa fuera de este mundo, capaz de arrancarse un bocado para dar al hambriento, cómoda entre almas niñas, apacible, profundamente humana.

Dijo Zadie Smith, “para ser un icono femenino, debes estar muerta”.

Todo lo que tiene vida, baila. Los antiguos movimientos del agua dieron forma a la savia y la savia a organismos unicelulares. Como la naturaleza primigenia, las mujeres fuimos capaces de originar en nuestro propio cuerpo, en la coreografía de nuestros caldos, hombres y hembras. El anima, la intuición, lo místico, ritualístico, la fertilidad en oposición a la muerte. La danza siempre fue femenina. El cuerpo vivo. El poder del cuerpo vivo. El poder del cuerpo vivo de la mujer. William no soportó el poder de Mayell. Debía acabar con el principio activo de su movimiento. Como si después de acabar con la materia, Mayell no flotara entre todas, y danzara en el corazón de Amaloha, desde que su cuerpo y el de la niña fueron flor de un mismo tallo.

William ha cometido otro error: decidió vivir, aunque vivir implique permanecer en la jaula de una cárcel venezolana (en Yare), o lo que es lo mismo: en la representación del infierno en la tierra. Mucha vida. Toda la vida. La que se merece.

Cartas para Amaloha
Amaloha era destinataria de una de las glorias en el plato de su madre, las tajadas. Si esto no es amor, qué lo es. Era coronada en flores del jardín, mientras Mayell se hacía zarcillos de gerberas. Ambas gustaban revolcarse en el suelo, hasta que no había distingo entre una y otra. “Mimi”, llamaba “Ayell” a la niña. En su diario, la joven madre dedicó algunas páginas a su hija.

De esas cartas, las principales, ha surgido la idea de escribir y describir a Mayell para que Amaloha la recuerde en el recuerdo de los demás: Cartas para Amaloha, proyecto de familia y amigos más cercanos, e instituciones como Uneartes y el Campamento de Pioneros Negra Hipólita, con quienes Mayell estudiaba y militaba.

En su diario, Mayell cuenta a Amaloha y se cuenta a ella:

A la niña le encanta mamar teta, es una satisfacción que expresa con todo su rostro, es como si saboreara un chocolate que se derrite en su boca o como si bebiera agua después de estar todo un día dentro del mar con la garganta seca; y esa satisfacción la acompaña con una caricia sutil en el otro seno, del cual se siente dueña y el cual hala hasta su boca cuando decide que quiere cambiar (…)

Cuando llega la tarde, Amaloha está pendiente de la puerta, esperando que llegue Ayell con la teta, para que la cargue, la abrace y le cante. Eso sí, después de escuchar de la boca de mamá Inés todo un recuento de lo ocurrido en el día, como las veces que hizo pipí y pupú en el vasito (haciendo referencia a los pañales que se ahorró), las veces y las cantidades de alimentos que consumió la niña, asì como sus tremenduras, para luego irnos a la cama donde pasará toda la noche pegadita de su teta (como una pareja en su gran noche, de luna de miel, donde solo quieren estar uno al lado del otro) hasta las 4 a.m., que la pasara al cuarto de mamá Inés, para ella irse a la universidad.

***

Agradezco profundamente a las gemelas Mayeli y Mayela, hermanas de Mayell Hernández, por abrirme las puertas de la intimidad de Chelito y Amaloha, por luchar hasta hacer justicia, por expresar su condena contra la bestia del patriarcado.

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