Por: María Isabel Cerón

Hoy hace cinco años cambió de paisaje alguien que nos enseñó a unos cuantos a ser militantes del amor; esto es quien siente ganas de vivir cuando puede amar a los que están a su alcance, y aunque algunas veces se harte o se le nuble la vista, vuelve a dar más y más, a pesar de las miserias. Esos afectos se nutren de años y llevan tatuados nombres, fechas y abrazos. Se es militante del amor cuando las personas más amadas, reconocen que nadie las ha querido así, tan fuerte, aún pasada la fiebre.

Cuando se muere un amor y viene el guayabo, cuando cuesta levantar las alas, el canto es lo que salva. Ayudan la meditación y la acupuntura: hay un punto en el codo que se llama shaohai o la alegría de vivir; y si le sale hematoma cuando lo “pinchan” ahí, es porque ha estado congestionado o comprometido el flujo de energía vital.

Es que en estos tiempos, a la alegría -más que la guerra y la corruptela- lo que la complica es la doble moral, como la de los hombres que desaprueban el amor libre pero en secreto lo practican. O la de las mujeres que critican la forma en que se viste o se ve la otra, pero a escondidas se prostituyen a cambio de cualquier cosa. O el amigo al que le piden consejo o consuelo, pero en vez de ello juzga, chismea –canibaliza- y somete al escarnio. Qué bueno que no importa eso del qué dirán.

Hablamos de la doble moral de los que se quejan de la hiperinflación, pero venden billetes nuevos de bolívares; o de dólares a precios locos. Cabe preguntarse ¿eso es lo que realmente somos? Condensando en esa pregunta un gran etcétera de ejemplos, porque los humanos somos especialistas en tener dobles estándares, sólo para juzgar las situaciones de acuerdo a la conveniencia propia.

A pesar de todo ello, y gracias a ese compañero llamado Hugo Chávez, también aprendimos que somos parte de un pueblo capaz de autoconvocarse pacíficamente para la redacción de su nueva Constitución, pues para considerar votar a la izquierda se requieren garantías humanistas –nótese que no dice humanitarias-, para afrontar la crisis, como una verdadera reforma agraria popular; el justo y fácil acceso a la vivienda, a los alimentos y a los medicamentos; transformar la lógica del negocio petrolero y minero; tener derecho al aborto; autorizar el matrimonio igualitario, o lograr grandes cambios como la legalización del cannabis.

Aprendimos que para vivir felices no sirve amar sin hacer. Hay que juntarse, participar, fijar políticas, hacer contraloría en una plaza, en una escuela o en la casa comunal; esto es lo contrario a ser vigilados y perseguidos, porque de cualquier manera, todo lo que hacemos es transparente, está a la vista de la familia, los vecinos y amigos, sabemos los problemas de cada quien porque son evidentes.

Pero lo más difícil de la militancia del amor es que uno debe ser practicante de la verdad; consecuente con la palabra empeñada; no dejar morir a quien le prometió la vida; no ser insensible ante el hambre y la tristeza del otro. La derecha no tiene ese conflicto, ventaja sin culpa, porque la competencia lo justifica. Cuando la vaina se pone fea se le notan las costuras al facho, al machista, al irresponsable, al indolente, al flojo, al que no es compañero pues; disfraces de rojo.

Seguimos siendo dicharacheros, bromistas y a veces un poco superficiales cuando se trata de afrontar una realidad que no es la que queremos; pero no nos pondremos a relativizar ni a eufemizar; no hace falta justificar y decir entre líneas que hay que aguantar. No hay necesidad de quebrar el espíritu de las gentes, lo que hay es que aprender y enseñar a amar. La práctica del amor indica que no podemos tragarnos la náusea.

Pongamos punto final a la doble moral y al barranco de la decadencia. Seamos serios y consecuentes –como él- con la idea que cargamos colgada en la boca. Contengamos al más débil entre todos nosotros. El amor es algo tangible, de hecho, en este momento, es lo único que nos sostiene. Nunca perdamos la alegría de vivir, así sea en honor de los que ya no están y nos dieron todo.

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