Por: José Roberto Duque

Misión Verdad.- Aunque uno no es precisamente lo que dice sino lo que hace, siempre viene bien descubrir en el verbo las señales del impulso que nos hace levantarnos en la mañana y decir: “En el capítulo de hoy, y siguiendo con el proyecto que tenemos trazado…”. Está bien que uno se sepa, por intuición o por conciencia, participante de un país en construcción, y que llevar ese chip en el cuerpo nos parezca suficiente porque “Coño, qué ladilla andar etiquetando lo que uno es o hace”. Pero a la hora de las definiciones es bueno ir comenzando una parte importante de la lenta construcción del porvenir: el borrado, desechado o redefinición de lo que vamos dejando atrás. Hay cargas inofensivas y soportables, y otras que son un lastre pesado, un yunque en nuestra balsa de navegar hacia el futuro.

Nos guste o no, el acto ceremonial de renovar y revitalizar la historia incluye un trámite importante, y es dejar de nombrar al territorio, al ser humano y al planeta como nos obligaron a llamarlos los coñoemadres que nos oprimieron. Particularmente, me siguen molestando esa dificultad, lentitud o indefinición que hemos tenido para llamarnos comuneros, y la mucho más pesada dificultad para abandonar, así sea desde el lenguaje, el concepto, la definición y el límite sicológico de la PARROQUIA, esa plasta de mierda medieval que todavía sabanea entre nosotros.

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La división política territorial que nos convirtió en parroquianos es, obviamente, una concesión del Estado a la Iglesia católica. Cuando se estaban fundando ciudades o se estaba en el proceso de otorgarles a éstas jerarquía y organización ideológica (desde el orden maldito de la dominación: se te amansaba con la espada o con la Biblia) en cada unidad demográfica se instalaba una capilla, una unidad parroquial a cuyo frente se enseñoreaba un cura parroquial, y al área o ámbito de acción de esa jefatura “espiritual” se le llamó parroquia.

El lenguaje popular, y específicamente el habla caraqueña, habituado a otorgarle dulzura y afecto a cualquier cosa hermosa o perversa que se le hace cotidiana, acuñó la denominación “parroquia” (forma abreviada de “parroquiano”) para designar al amigo o desconocido que vive en su misma zona. Es verdad que al llamarnos “parroquia” no estamos invocando consciente ni inconscientemente la referencia eclesiástica, y eso es mucho más lamentable: el triunfo de la Iglesia es tan rotundo y aplastante que ya los ciudadanos tenemos instalado en el habla el término que la designa sin que mentalmente estemos pensando en ella.

Obvio que, en los albores de la organización territorial del futuro, que es la Comuna, deberíamos estar gestando algún detonante, plan o tan siquiera una intención expresa de comenzar a llamarnos comuneros. Está claro que eso sería apenas el comienzo de un proceso que no depende de ninguna campaña. Pero es bueno ir experimentando. En la comuna en la que vivo hemos comenzado a dar esa discusión y ya en nuestro periódico (Piedemonte, se llama) y en las reuniones de algunos Consejos Comunales, comienza a escucharse el sustantivo que debería nombrarnos. Hemos estimulado esta práctica, personalmente y a conciencia de que es una tarea algo tramposa. Pero alguien tenía que hacerla y creo que ha dado algunos frutos.

Seguramente la propuesta, de prosperar, sería un aporte microscópico a la reformulación de nuestros códigos ciudadanos de comunicación. Pero me parece mejor hacer ese ínfimo aporte que “dejar eso quieto así”, para después o para más nunca, el arranque del proceso que nos vaya sacudiendo a la Edad Media de nuestras zonas de acción y residencia, y también de nuestros cerebros colonizados pero en trance de sacudirse.

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Volvamos arriba: como uno no es lo que dice ser sino lo que hace, la tarea de renombrarnos debería venir también acompañada de la asimilación, de la conciencia, de nuevas tareas y destinos. De nada o de muy poco sirve llamarse comunero si en la acción cotidiana nos empeñamos en darle la espalda a la organización comunal en gestación y seguimos privilegiando las estructuras que se supone debemos más bien liquidar.

En ese espíritu, cuando le hablé de estas cosas, el comunero de facto y sabio campesino Luis Alberto Uzcátegui me ha dicho en dialecto guate tuñamero: “Sí, mamagüevo, pero tú vives en una zona cafetalera y no tienes sembrada ni una mata de café”. Al día siguiente me le presenté con las primeras 60 plántulas que ya están creciendo en mi barranquito. Me dijo: “Ajá, pero vamos a hacer MANO VUELTA: tú me ayudas a cosechar el café mío y yo te enseño cómo sembrar esa verga, que tú no sabes un coño de eso”. Mano vuelta es el hermosísimo y espontáneo método consistente en trabajarle a un amigo o vecino a cambio del trabajo que éste hará después para nosotros. Félix Berríos me debía la siembra de 100 matas de cambur; me la pagó pasándole la guadaña a mi terreno. Así se organizan estos campesinos montañeses, naturalmente y sin leyes escritas que rijan, normen u obliguen a algo que la gente buena lleva en los genes: eso de ayudar y sentirse contento cuando se ha sido útil o valioso para otros.

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Así que, ¿vamos a seguir otorgándoles la misma importancia y jerarquía a los concejos legislativos y alcaldías, cuando se supone que las energías, recursos y tiempo de activismo deberían estar dedicándose a las instancias de la comuna? Aparte de esa intuición solidaria y desprendida del ser humano trabajador, materia prima importantísima, las comunas actuales, en etapa de gestación, cuentan con un Parlamento Comunal con un gigantesco poder de decisión y beligerancia; un Banco Comunal, unas instancias de organización; son micropaíses formándose y reformulando al país macro. Percibo o creo percibir que la ciudadanía no está enterada de la existencia de esos entes (que, por ejemplo, en muchos casos, manejan más recursos que ciertas alcaldías) o sí está enterada pero la falta de información, o la enormidad de las viejas estructuras, le hacen creer que se trata de nichos inorgánicos, difusos o incluso ilegales.

En la comuna en que vivo la organización parlamentaria comunal ha conseguido obtener recursos para construir viviendas. Las casas las construirán los mismos comuneros y fueron éstos quienes decidieron a quién se le iba a entregar el material para que construyera, lo que no es poca cosa en materia de destrucción de lo anterior y de ejercicio de democracia.

La comuna ha conseguido también captar recursos y créditos para la siembra de café y otras especies alimenticias. Y aquí es cuando toca meter el freno para responder esa pregunta que ya el lector se está haciendo en este momento: “¿Y si la comuna va tan de pinga por qué coño sigue habiendo escasez de alimentos?”. Como esa pregunta no tiene una sola respuesta es válido entonces introducir la siguiente anécdota, noticia o denuncia: a un coñísimo de su madre le entregaron hace un mes dos sacos (unos 90 kilos) de semillas de caraotas, en el marco del Plan de Siembra, y el bicho en lugar de ponerse a sembrar agarró las caraotas y las vendió por kilos, a precio de bachaquero. Cuando ese vergajo se termine de comer, beber o culear esos 100 mil y pico de bolos seguramente saldrá a la calle a gritar lo mierda que es el Gobierno de Maduro por no resolver el problema del desabastecimiento.

Seamos comuneros entonces. Antes o después de decirlo, pero hay que empezar a serlo.

 

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