Peackock dot mandala de Kaila Lance

Hola, mi nombre es Anaisa, vivo con mi mamá en –el interior de- Venezuela. Trabajo por Internet, ganando $30 dólares al mes. Habito en una ciudad bonita, pero últimamente está muy sucia, los camiones de la basura pasan poco y la gente abandona sus pringosas bolsas de desechos en las islas de las avenidas. En mi zona fallan el agua, la luz y el Internet. A menudo tengo que pagar por conexión en algún ciber café.

De vez en cuando me gustaría tomar una cerveza y comerme un par de perros calientes, pero no puedo gastar en eso. Fíjense lo sofisticadas que son mis pretensiones pequeño-burguesas. Casi he aborrecido el calabacín, la yuca y la auyama, los rubros que son menos caros por aquí. Me gusta el tomate, que cuesta 150 soberanos; también me agradan las parchitas, pero están en 120. Un cartón de huevos puede llegar a los 300, un pedazo de queso 380, una bolsa de arroz 90, y es difícil conseguir pollo o carne. A veces tomo café, hoy vi un kilo en 730, y el de leche estaba en 215. También me gustan mucho las galletas, que pueden costar 250, y los chocolates –de cacao venezolano- están en más de 100.

Si estoy despierta estoy trabajando en la computadora y si no hay Internet, leo, escucho música, pinto. No tengo carro, casi no uso transporte público, pero siempre veo camiones llenos de gente, a los que tristemente llaman “perreras”, en los que la gente paga de 5 a 10 soberanos por ir en una tolva mugrosa. Sacar efectivo de los bancos no es una tarea fácil, ese es el territorio de los abuelos, quienes pasan días y noches haciendo colas en las calles para cobrar sus pensiones; dicen que algunos de ellos todavía venden el efectivo.

Hace rato lucho contra la depresión. Casi siempre estoy predispuesta y se podría afirmar que no logro empatizar con la mayoría de los humanos, excepto con gente que es muy pana, quizá. No tomo pastillas para este padecimiento por sus efectos secundarios, sobre todo por la adicción que generan, y en cualquier caso, no se consiguen. Hay algunos remedios naturales que me hacen  sentir un poco mejor, pero me ponen al margen de la Ley, y a otros parece molestarles, no lo ven a uno con muy buenos ojos.

En la decadencia a la gente le gustan los estigmas

Si necesitara tomar pastillas anticonceptivas no las conseguiría tampoco, las pastillas del día siguiente son impagables y las abortivas ni siquiera están contempladas como mi derecho, en un país que tiene un gobierno de izquierda, y que se llamaba feminista. Así que tampoco se puede disfrutar mucho del sexo. Ojo con eso, porque el conteo serotonínico va mal. Ojalá puedan no juzgarme porque yo intento no juzgarlos individualmente. Y si lo hacen, sepan que que ustedes también tienen sus vainitas bien encaletadas.

Su envidia me fortalece, como dicen las camioneticas

Los que estén aquí llevando vainas, decidirán si me equivoco en este análisis tan sesgado, pero lo que se ve en la calle es que muchos se han vuelto –en mayor o menor medida y de acuerdo a las condiciones de vida- más egoístas, cuentapropistas y amargados; demuestran tener cada día menos sentido común, como los famosos bachaqueros. Pero también hay gente que se sabe sobreponer muy bien a toda esta mierda, lo que es sorprendente y esperanzador para la raza humana; algunos son cada vez más solidarios, más conscientes de su sentido en esta vida. No sé si son más o menos que los otros, ni de qué partido son; no sé ni siquiera por qué les sale ser así en medio de la crisis. Pero son mejores. Existen.

Capaz alguno de ustedes piense lo que yo ya he rumiado muchas veces: que es más fácil pegarse un tiro. Pero realmente con una acción de ese tipo le destrozaría la vida a unas cinco o seis personas más, es decir, los podría aniquilar simbólicamente conmigo; bajo la premisa equivocada de que yo solita me voy a aliviar… Además, alguien me dijo que la muerte está sobrevalorada, y tal vez la carga más dura venga en la próxima vida, si es que la hay.

Y ¿si uno cambia en esta vida?… La única motivación posible es hacerlo por amor. Pedir un poco de perdón a esos cinco o seis a los que uno les jode la vida, por tener esa cara de culo casi todo el tiempo… Buscar compasión y no lástima, aprendiendo a conseguir ayuda en cosas pequeñas y puntuales… Hacer un poquito de ejercicio… No dispendiar energía vital en gente mezquina, que como dije hay bastante. Y a pesar de eso, y de todo lo demás, intentar y ser mejores pues.

Tal vez este sea un discurso muy propio de la autoayuda, pero, y ¿si es lo único que se puede hacer para sobrellevar situaciones de mierda? Está claro que uno puede escoger el camino más oscuro y afirmar diariamente que todo es una porquería, que nada le sale bien, que el drama es real y que nadie nunca lo va a querer a uno como cree que se merece…  Pero también uno puede quitarse de encima años y años de pútrida maledicencia y pensar (se) en mejores términos, pintar una casita en la montaña, amar las canciones que escucha y cantarlas bien fuerte, volver la mirada a quien de verdad lo ama a uno y perdonarse por no estar a la altura tantas veces, y al fin estarlo.

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